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NADA de CARMEN LAFORET


Carmen Laforet es, sin ningún género de dudas, la primera novelista importante que surge en España tras la Guerra Civil.

            Apareció de forma rutilante tras ganar la primera edición del Premio Nadal en 1944 y su popularidad literaria se sustentó casi de forma exclusiva por esa primera gran novela que escribió en plena juventud.

             NADA.

            Para situar en contexto a Nada he de hacer mención, además de a la dura situación que se vivía en España en los inmediatos años al fin del conflicto, a la aparición de otras novelas de un cariz similar al de la autora que nos ocupa.

            Pienso en La familia de Pascual Duarte de Cela, en La sombra del ciprés es alargada de  Delibes y en Mariona Rebull de Agustí.

            En todas ellas, la guerra o la cercanía de esta aparece como un telón de fondo no definido por completo, pero que condiciona de forma inevitable la conducta de sus protagonistas y el temperamento de sus narradores. Es, sin embargo, muy diferente la forma en que cada uno de estos autores se enfrenta a su narración, así Cela sigue una estética más barojiana, mientras que Agustí es plenamente realista, naturalista en su concepción estética. Delibes, por su parte, comparte una cierta “desesperanza romántica” según expresa él mismo en Pegar la hebra respecto de la novela de Laforet, pero ahí terminan las coincidencias. 

        CARMEN LAFORET, nació en 1921 y falleció en 2004. Escribió Nada hacia 1943-44, es decir en los alrededores de sus veintidós años, poco más o menos y se mantuvo, (era una mujer que, además de brillante y dotada de una inteligencia singular, valoraba su independencia), con altibajos en el candelero literario español hasta el momento de su muerte. Hoy en día, en el año posterior al centenario de su nacimiento, se le sigue considerando como una de las grandes damas de la literatura española del siglo XX.

            Su obra literaria comprende, a grandes rasgos, además de la obra que nos ocupa La isla y los demonios en 1952, La mujer nueva,  tres años más tarde y una trilogía que dejó inacabada que comprendía La insolación (1963), Al volver la esquina, póstuma, (2004) y Jaque Mate de la que solo dejó la intención, el título y poco más.

            Como se ve una producción menos abundante de lo que se hubiera esperado para una autora que con veintitrés años escribió una madura y excelente novela.

         Nada es una novela escrita en primera persona, un relato lineal, que se enmarca entre la noche de llegada al piso de la calle Aribau de Andrea para comenzar su primer curso de universidad en Barcelona y el amanecer del día en que Andrea contempla como el sol ilumina la fachada del edificio en el que ha vivido en el último año. 

        Es un relato escrito con una distancia temporal entre el «yo» que escribe (Carmen Laforet) y el «yo» que narra (Andrea). 

        En el relato de Andrea aparecen dos grandes mundos contrapuestos. Cada uno de ellos simboliza, en su espacio, un aspecto de la vida de Andrea que, en un primer momento, se nos presentan como compartimentos estancos, sin ningún tipo de relación posible entre ellos.  Por un lado, el piso de la calle Aribau, con su extraña fauna de familiares desquiciados por la guerra. Por otro, el ambiente universitario y su prolongación en las calles de Barcelona y en la comodona bohemia que algunos de los compañeros de facultad, hijos de papá de la época, se pueden permitir. El piso es el ambiente opresivo, en el que Andrea se ve sometida a un severo régimen de vigilancia por parte de su tía Angustias, (clara representación de la represión general que el nacionalcatolicismo implantó en la España de la época: resulta extraño que una caracterización de este estilo superase a la censura), que incluye su reclusión en el espacio público del salón, la pérdida de su intimidad, esa maleta modesta, su única propiedad, que es revisada por varios miembros de la familia en una insana curiosidad. Esta opresión se compensa por las amistades que Andrea hace en la universidad.

            Es a través de una de estas amistades, Ena, una joven bien parecida, liberal y de  familia acomodada,  que los dos  mundos, el universitario y el del piso, se unen y la narración avanza a través de la mirada de Andrea hacia un desenlace que no es, exactamente un final, sino una puerta hacia la esperanza y un adios a la deseperación a la que se ha visto abocada durante los últimos meses. 

        Algo después de recibir el Premio nadal. Laforet envió un ejemplar de su novela al faraón de las letras hispanas de aquellos años, al futuro premio Nobel Juan Ramón Jiménez. Este, después de leer el libro que venía encabezado con un verso suyo, le respondió en carta a la autora. Entre las afectuosas palabras que le dedicó merece la pena entresacar la siguiente frase: 

“¿Cómo puede llamarse Nada un libro que encierra tanto y tan bueno?” 

 La pregunta de Juan Ramón guarda una profunda verdad.Una verdad que va más allá del aspecto literario al que, muy probablemente,  se refería el de Moguer.

            Y es que, por más que su protagonista se despida al final de la narración con la afirmación “De la casa de la calle Aribau no me llevaba nada” el lector comprende que esta afirmación no es del todo cierta. Por supuesto que la protagonista no nos miente, pero hemos de tener en cuenta que todo lo que nos explica lo hace a través del filtro de su mirada, de lo que escucha y que, después de pasarlo por el filtro de su personalidad, a través de sus impresiones, nos lo ofrece.

            Así que ella siente que no se lleva nada, es verdad de la buena, pero nosotros sabemos, el lector percibe que, después de las experiencias vividas ¿cómo puede hacernos creer que ese año transcurrido entre las paredes del piso, en la universidad, con sus amigos bohemios y con su primera profunda decepción con el amor y la amistad ha sido en balde?

            Quizás Andrea no sea consciente, pero todos aquellos que hayan seguido su narración con interés intuyen que el bagaje, el nuevo bagaje de Andrea es, después de ese año, en apariencia vacío para ella, mucho más profundo e intenso. Ha comenzado a dejar de ser una simple joven para convertirse en una mujer joven, en definitiva en una persona madura que comprende que ya no todo son las ilusiones propias que uno se construye en su mente, sino que debe amoldar su vida a lo que la realidad le permite y sacar, dentro de las circunstancias personales de cada cual,  lo mejor de ella.

            Esa es, desde mi punto de vista y sin olvidar otras grandes virtudes de la novela (economía de medios, final abierto, impresionismo, expresionismo etc.),  la gran lección de Nada.

    Y el motivo por el cual la he elegido para uno de nuestros chutes literarios, para pincharnos en vena literatura de la buena #novelasenvena NADA.

1 – V- 2022

A continuación os incluyo el podcast en el que comparto vídeo con Luis Anchondo y en el que hablamos sobre la vida y obra de Carmen Laforet y, en especial, sobre su obra maestra, NADA

Vicente García Campo. 

Para escribir las líneas anteriores he consultado el estudio, como siempre insuperable, de Rosa Navarro Durán que precede a su edición de Nada en Austral y  el artículo «Una relectura de Nada» de Miguel Delibes. 

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