Dragó: El camino del corazón

Hace un par de años me encontré con Dragó. Paseaba por Soria y le vi , mientras el autor del  Gargoris caminaba y charlaba con una chica.

Dragó, desde mi punto de vista, ha sido uno de los mejores presentadores de programas divulgativos sobre literatura que ha habido, en las últimas décadas, en España. Su emisión de Negro sobre blanco era de los pocos espacios televisivos (por no decir el único desde que terminó El hombre y la tierra ) que conseguía mantenerme pegado a la televisión, más allá de los dos o tres minutos de cortesía, antes de que comenzara a morirme de aburrimiento y/o vergüenza ajena.

Pues bien, fui hacia él y le saludé.

-¿Fernando Sánchez Dragó? -pregunté, puesto que cabía la posibilidad de que no fuera el literato.

Me miró con cara de susto. Ahora mismo no recuerdo si aquel día me había afeitado.

-Vicente- le tendí la mano- Escritor.

´Escritor´esa fue la palabra mágica y la que me abrió las puertas de una sonrisa sincera y su conversación. Pronunciarla y su cara pasó de una expresión circunspecta a una amplia sonrisa de oreja a oreja.

Hablamos , me preguntó que había escrito, le expliqué, le llamó la atención mi personaje bohemio y, finalmente, me preguntó si era soriano, a lo que tuve que responder que no, que la soriana era mi mujer y que, precisamente ella, que aparecía por allí, inquieta (o, tal vez, aliviada por mi inesperada desaparición) fue quien me regaló, en la ya lejana fecha de 1990, El camino  del corazón.

Me conminó a llevarle a su  casa de Castilfrío alguno de mis libros, así se lo prometí y de esa forma se hizo. Al día siguiente nos acercamos a las Tierras Altas y aparcamos en uno de los descampados que rodean la villa. Metimos alguna de mis novelas en su buzón y, después de dar un paseo por el pueblo, nos encontramos con un niño japonés que se lo pasó en grande jugando con Yago, mi perro de aguas español…

El encuentro con Dragó hizo que me plantease releer las que considero como sus mejores obras, el Gargoris que es un tocho de tomo y lomo y del cual hay que reconocer que su mayor merito es lo original de su punto de partida. Un punto de partida de miles de libros y de kilómetros que, si bien no sé si le confieren aire de respetabilidad científica, lo que si exhala por todos los poros es naturalidad y vida. Mucha vida, lo que en un libro cargado de citas y erudición no está nada mal.  La segunda de ellas, mi preferida, entre las suyas, El camino del corazón que, si es posible, hay que leer con las otras dos con las que forma trilogía Las fuentes del Nilo  y La prueba del laberinto. Respecto de Las fuentes… es necesario precisar que  no es su mejor obra. Eso sí, es la que crea y desarrolla el personaje de Dionisio, alter ego (o, directamente, Dragó) y que permite el alumbramiento de El camino del corazón. La prueba del laberinto, aunque Premio Planeta, es inferior y se nota cierta premura (o me lo parece a mí) en su confección.

El camino del corazón es una novela importante para la literatura española y europea del siglo XX.  Pero no lo es, o no solo, por su calidad literaria, por su prosa que no sabría calificar si diáfana o barroca (pues de todo ahí en el libro, en función de las necesidades narrativas) o por la historia que cuenta, en el sentido de un argumento bien trazado a la manera clásica. Tampoco lo es por ser el reflejo, como podría parecer en una primera lectura, de la sociedad, o al menos una parte de la sociedad española de los años setenta y ochenta.

No, El camino del corazón no es el reflejo de nada, sino que es el espejo del sueño de lo que una parte de España, la joven de aquellas décadas, quiso ser, soñó con ser.

Dragó lo soñó como todos ellos, pero también, merced a un espíritu aventurero, a una inconsciencia congénita que todavía a sus ¿ochenta y dos años?  no le ha abandonado,  lo vivió y, además, lo escribió.

Por ello su camino del corazón es, como mínimo, el de todos aquellos españoles, hijos de la guerra y de la postguerra que trataron, cuando  no era sencillo hacerlo , de saltar, de mirar por encima de «los muros de la patria mía».

Finalizo este artículo de la única manera que es posible hacerlo: con la cita con que Dragó inicia su novela.

«Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón, no se equivoca nunca» Popol-Vuh