100 Jocs per fer a casa

Hurgar en la memoria es como poner a un erizo panza arriba:más temprano que tarde te pinchas. Hay, sin embargo, tres formas de que el erizo en cuestión, como si se tratara de Piula, la Border Collie de mi amigo Joel Figueres, haga la croqueta y nos muestre amablemente su ombligo. La primera de ellas es la de los olores. Sí, me refiero a aquello que los literatos denominan como magdalena proustiana. La segunda es la música y la tercera es la de los juegos.

Tal vez algún otro día me explaye sobre esos atajos de la memoria que son los olores y la música pero, hoy por hoy, es harina de otro costal.

En estas líneas nos vamos a referir a los juegos, ese pulsador del cerebro que nos conducirá, casi siempre de forma amable a la niñez.

– Oye, ¿tú jugabas a las tabas? – me preguntan.

– No, yo era más de parchís.

– ¿Y eso?

– Pues mira, soy de una época en que los perros todavía comían huesos y te daban las gracias.

El juego de las tabas, como el del parchís y otros noventa y ocho, es  uno de los cien que aparece en el libro de Montse y Pinyeres Assens coautoras del libro 100 Jocs per fer a casa amb els teus fills (100 Juegos paras hacer en casa con tus hijos).

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Y amiga de la niñez, en origen, pero también de juventud bendita locura y crujiente madurez resulta ser Pinyeres Assens, que nos espera con los brazos abiertos y la sonrisa sincera de quien ofrece cuanto tiene.

Habla con Jesus (sin acento en la ´u ´) Cruz, otro amigo de la niñez, del juego de las canicas (juego número 25 de 100, página 61). Pinyeres ha redactado la parte del libro que le tocaba a partir de sus recuerdos y experiencias, pero en el cole (El Colegio Nacional San Cristobal de Premiá de Mar), el verdadero especialista, en el arte, doma y técnica de las canicas era Jesus   (sin acento en la ´u ´). Y, como buena profesional a él acudió. Él explica, con evidente satisfacción, su modesta colaboración en el libro. Cuenta, presume de pigüi (no he encontrado la voz en el Diccionario de la Real Academia) que es una canica de cerámica (habitualmente lo eran de cristal) que él se entretuvo en pulir, rascar y remozar para convertirla en una pieza de precisión, en una máquina de ganar canicas.

-Gané -explica con orgullo linarense- cientos cincuenta canicas con mi pigüi…

En algún momento de la explicación se instala un silencio dramático. Un silencio doloroso como de oscura sacristía sin vino…

– En la partida ciento cincuenta y uno (hermoso capicúa 151 para tan cruel efemérides) la perdí.

En 100 Jocs per fer a casa amb els teus fills no encontraremos la pigüi que Jesus perdió en un aciago y ya lejano día de colegio pero, a cambio, nos ofrece una ordenada, esquematizada y explicada colección y recolección de juegos clásicos, olvidados unos, reeencontrados otros y divertidos todos que, desde la peonza hasta el globo cohete y el asesino, nos transportarán a aquellos momentos en apariencia intrascendentes pero que modelaron nuestra actitud de tomarnos la vida deportivamente, como un juego con sus propias reglas, en el que a veces se gana y otras se empata.

Ahora con 100 Jocs per fer a casa amb els teus fills Montse y Pinyeres Assens (tanto monta, monta tanto…) han traído hasta nosotros, los lectores, aquellos juegos que fueron nuestros y que las autoras quieren y desean que lo sean de todos los que ahora son niños y, puestos a pedir, de los que lo serán dentro de muchos años.