Entrada Institut Giola de LLinars del Vallès

La graduación de los niños

Las hojas del calendario caen con cronométrica exactitud. Lo saben hacer tan bien que ya comenzaron a mudar los números con que se ordenan mucho antes de que se inventasen los cronómetros. Visto así resulta inverosímil que las jornadas presuman de esa precisión matemática teniendo en cuenta que se hicieron, a sí mismas, a ojo.

Pues bien han caído tantas hojas, en su justo momento, ni un segundo antes ni uno después, que desde el pasado mes de septiembre, han transcurrido las horas, los días, las semanas y, finalmente, los meses necesarios para que el curso acabe y los niños se gradúen.

Nos encontramos pues, entre la segunda y la tercera semana del mes de junio. Muy cerca del solsticio de verano, a unos treinta pasos de la entrada del teatro en el que se celebrará la graduación y a la mitad de una cola formada en su mayor parte por padres, abuelas, algún hermano pequeño al que han llevado hasta allí a rastras y unos pocos (incondicionales y ruidosos) amigos de los graduados. Ya hemos superado el trapicheo ingenuo de las entradas, tres por alumno, con lo cual la abuela queda fuera. Pero la señora quiere ir, de hecho es la persona a la que más apetece ver a su pequeño con birrete. Así que, es inevitable: hay intercambios sospechosos bajo mano. Luego siempre sobran cincuenta plazas en la platea pero ese es otro tema.

– Oye, ¿en tus tiempos se hacía graduación?

– No, la verdad es que no. En mi caso, cuando acababa las clases los profesores me pedían que me pusiera mirando hacia Cuenca (antes los alumnos de Cataluña sabíamos dónde caía Cuenca y nos colocábamos solitos),me soltaban una coz y se libraban de mí hasta después del verano. Con el resto de compañeros hacían poco más o menos lo mismo…

La feliz abuela ya tiene su entrada.

Se abren las puertas. Es importante hacerse una composición de lugar. Lo primero es el baño, nunca está de más, lo segundo la decoración. Hay que fijarse bien, es obra de los estudiantes y te preguntarán al final del acto. Anotar mentalmente: globos dorados, la palabra Hollywood que cuelga en el lateral de la entrada y las chicas guapísimas, ¿qué ha ocurrido con las niñas, entre ellas mi hija, que veníamos a ver?, de tiros largos, con hermosos vestidos que les sientan a todas ellas como guantes hechos a medida. Los chicos van más a su aire, pero también lucen palmito. Vale, globos dorados, Hollywood y las protagonistas enfundadas en hermosas y elegantes toga de vaporosa tela. ¡Esto es la entrega de los Oscar!  No podía ser menos.

¡Comienza el espectáculo! Showtime!

Tres chicas y dos chicos saltan al escenario. Ellos conducirán la gala. Muy educados dan las gracias a todas las entidades, sin olvidarse de ninguna, que han permitido, con su encomiable generosidad, que la graduación pueda llevarse a cabo. Una interpretación de los Blueteachers, suena algo de la banda musical de la película «Pulp Fiction» creo que, Girls you´ll be a woman soon. Le siguen dos actuaciones de bailes, durante una de las cuales me pregunto cómo es posible que el cuerpo de la chica no se descoyunte, después de diversas acrobacias imposibles para mí, ya no de hacer sino ¡de imaginar! A continuación las charlas de la directora del centro y algunos maestros. No debe ser fácil ser profesor en estos tiempos, si se quiere escuchar, entre los elogios obligados y almibarados se descubren unas gotitas de limón en el pastel de chocolate del discurso. «Sentirse mayores», expresa muy acertadamente la directora, «no es solo vestirse trajes elegantes y salir de noche, también lo es saber ocupar el puesto que te toca en cada momento». Vamos, que alguno que otro se escaqueó de sus obligaciones.

Un rapero, una proyección de fotos desde los orígenes del mundo (hacia el 2003) hasta el momento actual de los graduados y se procede a la entrega de los birretes.

Aquí música de hadas (solo en mi cabeza) y los birretes que se lanzan al aire y que vuelan a cámara lenta, en lentos giros, con lentas órbitas (todo ello muy lentamente en mi cabeza). Los birretes caen sobre el entarimado del escenario y los niños, como por arte de magia y birlibirloque, dejaron de serlo y entraron ya, esta vez oficialmente y con carnet acreditativo, en la difusa categoría de adolescentes varios.

Fuera, un piscolabis ofrecido por la asociación de familiares de alumnos. Una vez saciado el apetito con unos bocados hojaldrados con sobreasada y atún, hechas las fotos de rigor con las bellas mariposas alzadas sobre sus inestables tacones, con los efebos que todavía dudan de si meterse la camisa por dentro o por fuera, los padres, más bien las madres, hablan sobre la fiesta de la noche. Es el momento de largar cuerda, pero ¿cuánta? el tema en concreto es ¿a qué hora deben volver los graduaditos?  Confabulaciones maternas. La hora serán las cuatro de la mañana. Así vuelven todos juntos. Una vez consensuado el asunto comienzan a aparecer las entretelas de la fiesta. La elección del vestido por parte de las chicas supuso una verdadera batalla campal entre madres e hijas (en general, a los padres todo les parecía bien:total, saben que su opinión no cuenta). Finalmente, todas ganaron porque todas (madre, hijas y abuelas) resplandecían. Y los chicos, a su manera, también.

La graduación, como la venda de la canción, ya cayó. Dentro de unos meses, a la vuelta del verano solo quedará de ella un pequeño recuerdo en la mente de sus protagonistas. Nuevas urgencias cotidianas terminarán por arrinconarla pero, para todos ellos, esa ceremonia de aire norteamericano habrá supuesto la primera puerta, la primera atalaya, el primer trampolín que les permite asomarse al mundo desde la terraza del ático de la vida. Es posible que el primer vistazo les produzca vértigo pero, a medida que el tiempo transcurra, se atreverán a tomar impulso y a saltar hacia el nuevo cielo; comprenderán entonces que todo empezó cuando sus padres impulsaban el columpio que les elevaba una y otra vez y que solo era cuestión de tiempo que un día ellos no estuvieran detrás, empujando, y el columpio siguiera elevándose y elevándose para que ya graduados, sin columpio y, ya solos, impulsados con sus únicas fuerzas y las alas de su voluntad, volaran como águilas entre las nubes.

    Para mi hija Laura García Esteban. Recién «graduada» en E.S.O.

 

Laura: ¿Te ha gustado la decoración?

Papa: Sí. Globos amarillos con purpurina, Hollywood y chicas preciosas en traje de hada ¿Los Oscar?

Laura: Sí.